El camino de Sara: el tuyo, el mío, el de tantas.

  • Categoría de la entrada:Reflexiones

Ella es Sara,  ha venido a terapia, pero mejor que ella os cuente… 

Parar no es dejar de hacer, es empezar a ser 

A veces la vida te obliga a parar.

Esta es mi historia sobre cómo el cuerpo y la mente me enseñaron a escucharme.  

 Desde que mi padre se fue, siento que tengo una deuda con la vida: exprimir cada minuto de esta como si fuese a ser el último. Hasta hace poco no comprendía que eso no solo significaba hacer muchos planes divertidos, sino también parar, descansar, sentir, conectar, respirar… Me di cuenta de esto cuando toqué fondo y fui capaz de subir a la superficie, donde ahora me mantengo haciendo malabares.

Este año me diagnosticaron SIBO. Para la mayoría es algo desconocido; para unos pocos, un síndrome inventado; para quienes lo sufrimos, una pesadilla. En un cuerpo normofuncionante conviven millones de bacterias en sinergia unas con otras. Pues bien, debido a una vida de estrés y falta de autocuidado, en el mío crecieron en exceso aquellas bacterias “no tan buenas”, produciéndome inflamación, malestar, niebla mental y, sobre todo, ansiedad. Mucha ansiedad. Mi cuerpo y mi mente decían basta. 

Trabajo como enfermera, cuidando a personas. Esto, muchas veces, supone anteponer las necesidades de los demás a las mías. Y a mí esto se me da muy bien… Nunca he sido una persona muy reflexiva; no estoy acostumbrada a pensar en mí ni en cómo me siento. Sin embargo, tanto sostener a los demás, mi autoexigencia y la falta total de descanso hicieron que me convirtiese en un ser muy pequeñito, casi invisible. Esto, sumado a una situación laboral precaria y súper estresante, donde el sistema me exprimía como a un limón, hacía que mi cabeza, poco a poco, fuese tragándose los problemas y mi cuerpo acumulándolos en forma de inflamación. 

Hasta que llegó un día en el que no pude más. La pena me invadió como si de una ola se tratase, mi carácter entusiasta y alegre desapareció y me convertí en alguien que vivía en un estado de constante queja, enfado y tristeza. Mi cuerpo empezó a hablar aún más alto que mi cabeza, y el SIBO no paraba de empeorar. Así que decidí pedir ayuda, y como un ángel de la guarda ANA apareció en mi vida. Me decía todo el rato: “Sara, tienes que parar”. Pero ¿cómo iba yo a parar? ¿Qué iban a pensar de mí? ¡Si nunca lo había hecho! El hospital se caería si yo no iba a trabajar; la gente me juzgaría y pensaría que me estaba aprovechando de la situación para escaquearme. 

Después de un conflicto enorme conmigo misma, la hice caso y paré. Me cogí una baja y, poco a poco, fui aprendiendo una serie de rutinas para cuidarme, algo que yo no había hecho nunca.
Empecé a meditar, a pesar de que me parecía aburridísimo al principio… ¿Cómo iba simplemente a sentarme y respirar? Luego empecé con el Yoga y a escribir, y ocurrieron cambios en mí: estaba más tranquila; las emociones no me envolvían con tanta facilidad, sino que era yo quien tenía el control sobre ellas. Me encontraba mejor. Era capaz de ver luz en toda esa oscuridad. Era capaz de disfrutar de las cosas pequeñas, que a veces son tan poderosas: leer un libro, tomar el sol, pasear en la naturaleza o simplemente vegetar en mi sofá sin pensar en nada. Poco a poco me fui haciendo fuerte. Me armé de valor y me enfrenté a todo aquello que en su momento me hacía sentir tan débil. ¿Y sabes qué? Pude con ello. O, mejor dicho, puedo con ello, porque aún sigo luchando y lo haré mientras me queden fuerzas. Porque, si algo tengo claro, es que todo pasa, incluso aquello que parece interminable. 

Ahora, gracias a todo aquello que aprendí y que sigo poniendo en práctica cada día, pero, sobre todo, al SIBO —que realmente es lo que me hizo pedir ayuda— siento la vida de otra manera. Sigo queriendo aprovechar cada minuto que esta me da, pero primero pienso en mí, porque si yo no estoy bien no podré disfrutar. Aprendí que, para querer a los demás, tengo que quererme yo y que, para cuidarlos, tengo que cuidarme yo.