Ni los ombligos ni los silencios son iguales.
Iguales no, necesarios mucho.
Lo que ocurre es que el silencio habla tan alto y tan claro, que quizá no lo escuches porque no quieras que sea escuchado.
¿Eres capaz de estar en silencio, sin “algo encendido” para que te haga compañía?
Yo he vivido épocas en las que he buscado el silencio bonito, el calmante, lejos del ruido interno, de todos los personajes que me hablan en distintos idiomas.
Hay épocas en las que he huido como viendo un león de los otros silencios, porque hay muchos, tantos como ombligos.
Silencio bonito
El que da paz, regenera, reconstruye, calma, te abraza, te acompaña y te conecta. Ese en el que hay un momento en el que tienes que hablar, porque si no, te perderías para siempre en él.
El que da un placer profundo, el que te aparta de los esfuerzos… ese silencio, el que me he visto persiguiendo tantas veces, tantos momentos…
Silencios negros y grises
Los hay desde el miedo, desde la tristeza, desde la inmutabilidad, desde la indefensión aprendida, hay silencios agresivos, algunos que te acompañan y otros que te llevan al precipicio, a la soledad más absoluta, los que te ponen de frente mirando a la nada.
Hay silencios tensos, el silencio de saberse callada cuando hay una ola en el pecho rompiendo por salir. El silencio que grita tan alto, que no puedes escuchar nada más.
Existe el silencio del “ya es tarde, ya no importa”, es un silencio viejo, cansado, de manos abajo, de bandera blanca, de rendición.
Porque amiga, ya te dije que hay tantos silencios como ombligos, pero algunos te conectan, te disparan hacia quién eres, hacia donde quieres ir, y otros te envuelven en la niebla hasta no ver, hasta no verte.
Habla antes de que la niebla te tape. Si el silencio te pone bonita, quédate ahí, si te envuelve en negro, huye, huye como cuando ves al león a lo lejos.
